Sant Jordi 2020: diada entre las rutinas rotas

23 abril, 2020 archivo-revista-agathos-img_20200416_123504-2-l

Este Sant Jordi 2020 transcurre por territorios ignotos.

La vida de las personas y con ellas de las ciudades y los pueblos lleva meses truncada, alterada y la llegada de Sant Jordi, con las calles y plazas en silencio, es es una prueba del momento que estamos viviendo.  

Este Sant Jordi 2020 las paradas de libros, las paradas de rosas, permanecerán en los desvanes esperando al próximo 23 de abril, el de 2021.

Puede que nos engañemos y para salvar la economía de las librerías y editoriales lo celebremos cualquier otro día. Debemos, porque las editoriales no pueden morir. Las librerías no pueden morir. Las bibliotecas no pueden morir. Gracias a las librerías, a las editoriales, a las bibliotecas disfrutamos de estos pequeños tesoros plagados de ciencia, de historia, de pensamientos de los escritores, hombres y mujeres, que su soledad es habitual y el silencio necesario.

Cuando sea posible dentro de unos meses, actuaremos y recrearemos el Sant Jordi 2020, nos engañaremos un poco, pero en nuestro tiempo interior sabremos que estamos disfrazando la Diada, el evento, la tradición.

Nuestro Sant Jordi no es un día casual de estos en los que uno queda con alguien y, por razones mil, la cita se va posponiendo. No. El día de Sant Jordi se ha hecho con la luz primaveral y única de finales del mes de abril, con el verde eufórico de los árboles organizando sus palios, con el aire brillante de los cielos azules o nublados, no importa, pero llenos de vida y universos. En el día de Sant Jordi, el curso académico apunta al final y ese día es un pequeño respiro que uno anhela para zigzaguear por las calles llenas de historias y poemas, de personas con rosas en las manos. Eso solo ocurre en el mes de abril.

El día de Sant Jordi es un desear libros, levantar sus solapas con timidez, leer las primeras líneas, por unos segundos ausentarse y volver enseguida a la contraportada. Ello, a veces, bajo la mirada del autor que intenta descifrar qué piensa ese desconocido que se le presenta como lector asiduo de su obra y le habla de ella, de sus personajes, le reprocha algún desenlace. Eso, es verdad, puede ocurrir inopinadamente siempre que las circunstancias los favorezcan. Eso lo podremos vivir, esperemos, en unos meses. 

Nuestros afectos, nuestros agradecimientos, a cada estudiante, a cada profesional, a cada persona que con su quehacer contribuye a soportar los días en la incertidumbre actual. Nuestros lamentos por todos los seres queridos, admirados, que la enfermedad, desconocida aún, nos arrebata.

Para ellos, para ellas, estas palabras tomadas prestadas de John Donne que forman parte de la literatura universal.

«¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.»

En John Donne (1572-1631), Devotions Upon Emergent Occasions, Meditación XVI.

Fuente https://www.epdlp.com/texto.php?id2=439

 

Barcelona, 23 de abril de 2020 – Dolors Colom Masfret

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