El trabajo social sanitario, los políticos de los nuevos partidos y de los no tan nuevos

Las alianzas de colaboración entre profesionales, trabajadores sociales sanitarios, y políticos del área de salud, son indiscutibles. Otro asunto es que en la práctica sean mínimas, pero el potencial está ahí. Unos necesitan de los otros y los otros necesitan de los unos. Los trabajadores sociales sanitarios necesitan de los políticos para desarrollar programas y servicios adecuados a las nuevas necesidades que se van detectando, y los políticos necesitan de los trabajadores sociales sanitarios para acertar en la puesta en marcha de nuevas líneas de políticas sociales y de salud adecuadas a los tiempos que se van desplegando en el día a día.

Los primeros, los profesionales, permanecen en el tiempo porque su camino es, precisamente, profesional, vocacional, investigan realidades, generan conocimiento, ponen de relieve evidencias para evitar el malestar y promover el bienestar, forman a nuevos profesionales para seguir indagando y desarrollando las diferentes teorías. Los segundos, los políticos, quedan sujetos a variables más inciertas, pero que no dependen totalmente de ellos, la más clara es el voto ciudadano, la confianza de los otros miembros del partido  y, por tanto, por largo que sea su tiempo, su paso por la política, caduca. Sus obras, sin embargo, sus aportaciones, lo que su paso por la política significó para la sociedad, para bien o para mal, quedan ahí.

Tanto para bien, como para mal, los trabajadores sociales sanitarios pueden aportar mucho, promoviendo y motivando acciones que resulten más benéficas que dañinas, alertando de los problemas que pueden suponer determinadas decisiones tomadas al albur del instinto.

En este mismo blog, en otras ocasiones se ha señalado la necesidad de establecer alianzas con los políticos responsables del área de bienestar y salud. Determinadas decisiones pueden suponer grandes alteraciones del bienestar a la vez que incrementar indirectamente los costes asistenciales. Cada uno, individualmente, tenemos una responsabilidad ética en no malversar los recursos materiales, humanos y económicos que el sistema público pone a nuestro alcance para intervenir y ayudar a las personas enfermas y sus familias.

Por ejemplo, para pasar al terreno de lo práctico, cuando el diagnóstico social sanitario de una persona dada de alta de un hospital de agudos revela entre otras circunstancias adversas, un alto riesgo de incumplimiento terapéutico, en paralelo, el mismo diagnóstico señala la falta de apoyos informales para velar por la correcta toma de medicación, en muchos casos ello significará la prestación de un «servicio de apoyo psicosocial para concienciar a la persona de la necesidad de seguir las pautas de tratamiento» y para completar este servicio que presta el trabajador social sanitario, seguramente, éste precisará el apoyo de un «recurso de atención a domicilio» que in situ, por unos días, asegure la correcta toma de medicación y realice una educación a la persona. La carencia de este recurso ¿Qué supone? La imposibilidad de acceder a él desde el mismo momento en que la persona regresa a su casa, significa que el «incumplimiento terapéutico» será un hecho, y se sabe a priori. Significa que la persona se desestabilizará de nuevo y, probablemente, deba reingresar por urgencias, a veces, en condiciones deplorables, y se sabe a priori. Como puede verse, se trata de una realidad adversa que deriva de la falta de acceso a un recurso, pero además, conlleva un sobrecoste añadido innecesario pues no sirve para mejorar la asistencia si no para paliar un déficit de asistencia. Una realidad previsible e indicada en el diagnóstico social sanitario pero sobre la cual no se puede intervenir desde lo social. Si ello se repite debe ponerse en conocimiento de la dirección pero también del político responsable.

Los políticos, ellos y ellas, deben promover el bien común, pero esto no sucede de manera espontánea o azarosa, ello se garantiza mediante la información necesaria para evaluar el contexto sobre el cual se pretende actuar para paliar los déficits.

Como ciudadano, cada profesional atesorará sus propias ideas políticas, pero como profesional éstas pasan a diluirse porque las decisiones se basan en evidencias y deben probarse como las más benéficas de todo el set de posibilidades al alcance.

Uno de los primeros paradigmas que se asumen en casi todas las áreas de lo psicosocial y lo cultural, es el de la dinámica del vivir: dinámica social, dinámica familiar, dinámica laboral, dinámica económica, dinámica emocional, etcétera. El ser vivo, por el mero hecho de vivir, está sujeto a la dinámica y al cambio. El existir es dinámico y como tal, los profesionales dedicados al trabajo social sanitario en particular, también deben reorganizarse, replantearse nuevas fórmulas, en definitiva a repensarse sin que ello signifique falsificarse como trabajadores sociales sanitarios.

Al hablar de una disciplina, de una profesión, es preciso apoyarse en instrumentos que identifiquen los valores y pesos específicos de los efectos de dicha dinámica para que con el tiempo se esté en disposición de dibujarla y, en gran medida, preverla cuando se vea displicente, negativa, insana poniendo en riesgo la salud de las personas y, potenciarla, cuando, por el contrario, mejore el bienestar y la salud.

La alianza entre trabajadores sociales sanitarios y los políticos es una responsabilidad de todos porque ambos se necesitan y se complementan. Los políticos, ellos y ellas, que reducen la intervención desde el trabajo social sanitario a trámites, contribuyen directamente al colapso del Estado del bienestar y si su solución es alimentar los recortes, deben saber que ha sido su acción política la que los ha propiciado. Pero los trabajadores sociales sanitarios que reducen su intervención a estos trámites, también son cómplices del colapso.

Barcelona, 30 de noviembre de 2015 – Dolors Colom Masfret

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