El trabajo social sanitario ante la medicalización de los problemas sociales

Los psicofármacos constituyen la principal herramienta para tratar a las personas que padecen ansiedad y depresión. Debido a que los estudios vienen señalando las limitaciones de este abordaje las sociedades científicas reclaman que su uso debe darse en combinación con las terapias psicológicas. La efectividad de las intervenciones psicológicas en el tratamiento de la depresión,  y en el de la ansiedad asociada, cuenta con una abundante evidencia en un amplio espectro de enfermedades (por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual en pacientes con cáncer). En 2007, una revisión sistemática de la efectividad de estas terapias, realizada por la Cochrane, determinó que había  una respuesta clínica favorable en un 46% de los pacientes que fueron tratados con terapia cognitivo-conductual, si bien faltan estudios sobre sus efectos a largo plazo. Con respecto  a las psicoterapias de base psicodinámica  y las terapias de apoyo aún es necesario seguir investigando. La guía NICE recomienda la autoayuda guiada basada en la terapia cognitivo conductual, el asesoramiento (counseling) y la psicoterapia breve. Igualmente, las técnicas de relajación han mostrado efectos beneficiosos en la reducción de la ansiedad y del estrés psicosocial que suelen ir asociados a la depresión, mientras que otras investigaciones, aún no concluyentes, señalan la efectividad del ejercicio físico en el abordaje de la depresión leve y moderada en un programa estructurado de ejercicio grupal.

Lo que  esta situación pone de manifiesto es la supremacía del modelo biomédico de atención  a la ansiedad y depresión, en cuya génesis y desarrollo los factores socioeconómicos tienen un peso relevante dándose una mayor prevalencia en personas con bajo nivel de cualificación y de ingresos.   Pero lo que ha ocurrido es  que se han trasladado las causas, antes atribuidas a factores sociales y del entorno, a los factores genéticos y a determinadas deficiencias neuroquímicas del cerebro. Si estas disfunciones tienen una base orgánica pueden ser entonces corregidas o, al menos paliadas, con la prescripción de fármacos. Lo que ha conducido, por extensión, a la medicalización del cualquier sufrimiento originado por la pobreza, la desigualdad social, el maltrato e incluso del malestar  derivado de las demandas de la vida cotidiana.

El modelo biomédico es considerado como el único enfoque posible de atención a la enfermedad y al malestar psicosocial  detentando una abrumadora hegemonía académica, científica e institucional. Debido a la supremacía de este modelo, el trabajo social sanitario es constreñido y forzado a una presencia marginal en las instituciones sanitarias  limitándose mayormente a actuaciones puntuales cuando los efectos de los problemas sociales en las personas alcanzan una dimensión de gravedad.

Los propios trabajadores sociales sanitarios pueden contribuir a reforzar esta supremacía mediante la sumisión a sus postulados, ejerciendo un papel más paternalista  con los usuarios y promoviendo el tratamiento con psicofármacos como la única opción terapéutica. Frente al determinismo y al individualismo inherente al modelo biomédico, los trabajadores sociales sanitarios otorgan mayor relevancia al estudio de la tensión dinámica que existe entre la psique y el entorno. El procedimiento para el abordaje es la aproximación individual, propiciando el insight y la valoración del entorno y las redes sociales del individuo. En el modelo psicosocial la acción puede desarrollarse desde las tres dimensiones propuestas por Hamilton, es decir, desde la atención directa, del abordaje del entorno y desde la administración y gestión de apoyos (gestión de caso). El trabajo social sanitario puede ayudar a las personas a mejorar sus mecanismos de afrontamiento y también ofrecer atenciones tempranas y preventivas, actuando sobre los determinantes sociales de la salud. Algunos estudios (Fraser et al, 2004; Hawkins, 2009; Leroy, 2004) van dirigidos a demostrar la efectividad de este tipo de intervenciones en la auto regulación de las emociones, el incremento de la conducta prosocial en los jóvenes, la calidad de las relaciones interpersonales etc. La cuestión es que los presupuestos sanitarios son cada vez más elevados mientras paralelamente disminuyen aquellos destinados a programas sociales preventivos.

Santa Cruz de Tenerife, 25 de febrero de 2016 – María Concepción Abreu Velázquez

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